El
7 de noviembre fue el día del canillita. En General Ramírez, uno de los
emblemas de este oficio es Arturo “Petiso” Álvarez. Los orígenes de su trabajo,
sus gustos y anécdotas.
Sentado en su sillón rojo y con el
equipo de mate listo para ser cebado, Arturo Ernesto “Petiso” Álvarez recordaba aquellos años como canillita de General
Ramírez. El lunes 7 de noviembre fue su día y aprovechó la oportunidad, con el
calor de la época, para traer a la
memoria todos los recuerdos vinculados a esta labor, que le dio identidad
propia.
Su rutina cambió hace más de tres
años, cuando se desligó de este trabajo porque le había llegado su merecida
jubilación. Por la mañana, ordena su casa, pegada a la Casa del Niño y del
Joven, y realiza algunos quehaceres domésticos. Al mediodía, se posiciona
frente al televisor para mirar algún programa que lo entretenga, como las
aventuras de El Zorro. Cada cierto tiempo, mira su reloj de pulsera para
constatar la llegada del almuerzo y poder comer con su hermana Beti. Durante la
tarde, luego de haber tomado unos verdes, saca a pasear a su perro por las
calles del barrio, donde es saludado y felicitado por el vecindario.
En un cajón del aparador, se
encuentran sus materiales discográficos preferidos: El Chaqueño Palavecino, Los
Daltón (autografiado por uno de los integrantes del grupo), Cumbietón. A unos
pocos metros, está su radio y la gorra que le obsequiaron de El Diario, de
Paraná.
Sus comienzos
Arturo Álvarez nació el 15 de
noviembre de 1956, en nuestra localidad. Su mamá era ama de casa y su papá,
pintor. A los 6 años, hizo el primer grado común en la Escuela N° 13 “Blanco
Encalada” y de allí fue derivado a la Escuela N° 5 Alborada.
Asimismo, Petiso nunca vio en su Síndrome
de Down un impedimento para poder realizar diferentes actividades. Él se sentía
parte de la comunidad. Con el canto del gallo, a las 7, se levantaba para
ayudarle a su madre en la limpieza del hogar y ordenar su pequeño cuarto. Le
gustaba mucho jugar al futbol en el potrero del barrio: todos lo esperaban y si
no venía, lo iban a buscar. En los ratos libres, le tocaba la guitarra a sus
sobrinos para que bailen. Durante la noche, escribía letras sueltas o dibujaba
lo primero que se le venga a la mente.
Los domingos se acercaba al Centro
Polideportivo Municipal para ver voley. Actualmente, debido a su fanatismo y
por herencia familiar, concurre a todos los partidos que Roma juegue de local.
No falta a ningún encuentro y está al tanto de todos los resultados. El
ramirense tiene otra pasión, sumada a la de los romanos: su corazón está teñido
de azul y oro. A la noche, asistía a misa en la Parroquia Sagrado Corazón de
Jesús, con mucha devoción. El primer banco de la iglesia era su lugar fijo. A
veces, el futbol y la religión tenían los mismos horarios y el Petiso, con
sinceridad, le argumentaba a los feligreses: “Hoy no vine a misa porque fui a verlo a Roma”.
Los números comenzaron a formar
parte de su vida gracias a la ayuda de su única hermana, Beti. Ella junto a su
esposo, estaban encargados de la atención de la cantina del Club Roma. El
futuro canillita, con tan sólo 17 años, organizaba las botellas y salía a
vender una rifa por las casas. Al principio, le costó adaptarse al manejo del
dinero pero se lo enseñaron mediante juegos de compra y venta. Su padre, que
tenía árboles frutales en el patio de su casa, le entregaba una canasta llena
para que le ofreciera a los ciudadanos.
El arte de repartir
Hace algunas décadas atrás, una
ordenanza municipal prohibía la venta ambulante en la localidad. La mamá de
Petiso, debido a esta circunstancia, tomó la decisión de hablar con la dueña
del kiosco Nenino para que le permitiera comercializar algunos periódicos. En
ese momento, era el único local que traía diarios y revistas en General
Ramírez.
La fecha de iniciación de Arturo, en
este oficio, nadie se la acuerda con exactitud. Pero todos se acuerdan de él
porque es uno de los personajes latentes de la ciudad. La jornada comenzaba,
todos los días, a las ocho. Con un ritmo pausado, se dirigía hasta la terminal
de ómnibus para retirar los ejemplares y llevarlos luego a la tienda. Desde
allí, emprendía su habitual recorrido. Cerca del mediodía, regresaba a sus
pagos para luego, de 15 a 20, seguir con la actividad.
Con el carrito de aluminio en la
mano y la riñonera en la cintura, Petiso realizaba el circuito del canillita.
Todos los clientes estaban anotados en una agenda. Los periódicos más vendidos
eran El Observador, Paralelo 32, Diario Uno, Clarín y La Nación. Entre las
revistas se destacaban Caras y Gente.
Las
cobranzas las hacía él. Con el paso del tiempo, fue adquiriendo un mejor manejo
del dinero. Si quedaba algún pago pendiente, le avisaba a la responsable del
negocio, quien se encargaba de las cuentas. Inés Marina “Ysel” Gómez, de
Nenino, destacó su sinceridad y honestidad, además de ser una buena persona.
Sin lugar a dudas, no hubo condición
meteorológica que le impidiese desempeñarse en esta labor. Con mucho calor o
con intensas lluvias, los diarios llegaban sanos y a salvo a cada hogar. Los
ramirenses valoraron mucho la personalidad, el carisma y las ganas de trabajar
de Petiso. Uno de ellos fue Carlos “Negro”
Gianotti, con el que entabló una excelente relación. Ambos se conocieron en el
Banco de Entre Ríos y pudieron concurrir a muchas peñas y asados juntos.
La premiación
El miércoles 31 de octubre de 1990, los padres de
Arturo recibieron un telegrama que produjo mucha alegría en la familia. Su hijo
había sido galardonado, por la Cámara Junior Rosarina, como el más
sobresaliente de los jóvenes discapacitados distinguidos del país.
La Cámara ha premiado, durante
muchos años, a discapacitados por el esfuerzo y la dedicación. El personal de
la Escuela N° 5 Alborada, que juntó más de 370 firmas, consideró que Petiso
reunió todas las características para quedarse con la premiación. El viernes 9
de noviembre, en el Patio de la Madera de Rosario, recibió el título acompañado
de su familia y amigos. Raúl Portal le hizo la entrega.









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