jueves, 20 de marzo de 2014

Manos a la obra

En conmemoración al Día del Artesano, celebrado el 19 de marzo, Alberto Schlotthauer (46) comentó cómo es la vida rodeada de madera, cuñas y un poco de creatividad. Sus producciones, la llegada desde Buenos Aires, la asociación ramirense de artesanos y otros gajes del oficio.

En el taller, tallando un cartel solicitado
            En el taller de Alberto Schlotthauer, el olor a madera se respira constantemente y cada rincón está impregnado con su aroma. Salvo en algunas excepciones como la siesta, durante el transcurso de la jornada el silencio no tiene protagonismo porque se ve interrumpido por algún programa radial de LT14, el encendido de una sierra eléctrica o los golpes de un martillo. Esos son los sonidos más frecuentes de este pequeño laboratorio, que en vez de un científico tiene a un artesano como artífice.
Unos poster de Chevrolet en la pared, un poco de aserrín en el suelo y la mesa de carpintero en el medio decoran el lugar. En el fondo, sobre unas grandes repisas, guarda los tornillos, clavos y arandelas en pequeños frascos con el cartelito correspondiente. Las herramientas de trabajo están colgadas unas al lado de la otra y las máquinas se encuentran apagadas, a la espera de ser encendidas para comenzar a trabajar. Arriba del mostrador, el acoplado de un camión aguarda ser terminado por quien fuera su creador pero éste decide tomarse un tiempo para dialogar con LA CIUDAD sobre su día y los gajes del oficio.

Desde Buenos Aires

            A Alberto suelen preguntarle si se puede vivir de la artesanía, a lo que él responde con total sinceridad: “Acá en Ramírez es muy difícil vivir de eso porque el ramirense no está acostumbrado al tema de las artesanías”. La década que lleva residiendo en la Capital Provincial de la Juventud le permitió hace dicho balance. Si bien nació y se crió en Capital Federal, ya se siente un panza verde y no sólo porque tome mate sino porque ha adoptado las costumbres de la región.
            Con apenas 13 años, comenzó a trabajar cuando su papá se quedó sin laburo. Lo hizo, en primer término, en una panadería. Luego, con el paso del tiempo, fue incursionando en otros ámbitos desde vender perfumes en la calle hasta ser empleado en una mueblería. La crisis socio-económica del 2001 lo marcó de lleno y en junio del año siguiente emprendió rumbo hacia Entre Ríos. Tanto su madre como su hermano, Adrián, ya estaban establecidos en esta nuestra ciudad. “Vine con una mano atrás y otra adelante. La cuestión era trabajar y traer el mango a la casa”, expresó.
            Nunca se imaginó que lo suyo estaría vinculado a la artesanía, ese oficio que tiene a San José como máximo referente y por el cual se conmemora dicho día, el 19 de marzo. “Yo no sabía que tenía esa habilidad”, destacó. La madera fue su fiel compañera y con ella comenzó a fabricarles juguetes a sus hijos. Aún guarda esas primeras producciones caseras, aunque se pregunta cómo pudo haber vendido eso que era, en un principio, tan rústico y carente de estilo. Un taladro, una lijadora, una sierra circular y una ingletadora verde fueron sus primeras herramientas. Reemplazó el tablón con caballetes por una mesa de carpintero y adquirió, paulatinamente, distintas máquinas para llevar a cabo su labor como la sepilladora, tupí, torno, caladora, la sierra sin fin o la escuadradora. De a poco, los vecinos fueron conociendo sus producciones artesanales y tomando confianza con este hombre que provenía de Buenos Aires.    

Todo a pulmón

Alberto con una de sus producciones
            Las horas que pasa en el taller son muchas y durante las mismas infinidades de objetos salen a la luz, especialmente juguetes. “Me siento contento porque ese gurí o gurisa va a jugar con ese juguete que yo hice y eso para mí tiene mucho valor. Esto a mí me gusta y yo me siento bien haciéndolo. Pero, lamentablemente, acá en Ramírez no se le da mucho valor. En otros pueblos sí”, comenta Schlotthauer, quien hace cada producto con mucha pasión y lo piensa como si lo fueran a usar sus propios hijos sin ninguna astilla ni con clavos salidos.
            En el local que tiene, ubicado en calle Fonseca, exhibe todas sus “obras de arte”. Hay para todos los gustos y edades. Para los chicos, como regalo de navidad o para el día del niño, están los grandes y pequeños tractores, todos diseñados por él y pintados por su esposa, María Rosa. Los colores son idénticos a las marcas Massey Ferguson, John Deere o New Holland y, aunque parezca increíble, los gurises eligen por marca. En las estanterías, además, hay autos, camionetas, aeroplanos. Para las nenas, amantes de las muñecas, el ramirense diseña los juegos de living, las casitas, roperitos, mesitas de luz, entre otros accesorios. 
            Pero no todo son juguetes. En el taller, Alberto se dedica a construir mesas de camping con un sistema de encastre único, materos, metegol, sillitas pequeñas guardatodo, juegos didácticos, tablas para picadas, casitas para pájaros, recuerdos de la ciudad, entre otros. “Lo más grande me lleva menos tiempo que lo más chico”, explica el artesano. Además, paralelamente, arregla muebles u otros objetos.
            A sus 46 años, el oriundo de Capital Federal trata de plasmar en sus obras su personalidad: ordenado, tranquilo, detallista. Sus uñas están gastadas de tanto lijar y, de vez en cuando, un corte aparece en la piel pero, como él lo afirma, son los gajes del oficio. Una de sus características es la de reciclar todo lo que se pueda a la hora de producir. Innova en productos que no se ven, generalmente, en los negocios. Suele trabajar con el cipre, paraíso, eucalipto o pino. Así como los médicos tienen siempre un estetoscopio a mano, los artesanos no se despegan de un formón, una gubia, un martillo, una lija o un serrucho.

            Actualmente, y desde hace cuatro años, Alberto Schlotthauer es el presidente de la Asociación Ramirense de Artesanos, que cuenta con gente que proviene de diversos rubros. La propuesta surgió cuando Nanci Jacob estaba al frente de la Dirección de Cultura, Educación y Turismo Regional de General Ramírez. “Lo que exijo es que si alguien se anota como artesano que, realmente, haga su producto. Yo no quiero que vos lo revendas. Es muy fácil ir y comprar el producto y después armarlo”, argumentó. “Me gustaría que haya gente que se dedique al cuero, al vidrio”, agregó. 

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