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| En el taller, tallando un cartel solicitado |
En el taller
de Alberto Schlotthauer, el olor a madera se respira constantemente y cada
rincón está impregnado con su aroma. Salvo en algunas excepciones como la
siesta, durante el transcurso de la jornada el silencio no tiene protagonismo
porque se ve interrumpido por algún programa radial de LT14, el encendido de una
sierra eléctrica o los golpes de un martillo. Esos son los sonidos más
frecuentes de este pequeño laboratorio, que en vez de un científico tiene a un
artesano como artífice.
Unos poster de Chevrolet en la pared, un poco
de aserrín en el suelo y la mesa de carpintero en el medio decoran el lugar. En
el fondo, sobre unas grandes repisas, guarda los tornillos, clavos y arandelas
en pequeños frascos con el cartelito correspondiente. Las herramientas de
trabajo están colgadas unas al lado de la otra y las máquinas se encuentran
apagadas, a la espera de ser encendidas para comenzar a trabajar. Arriba del
mostrador, el acoplado de un camión aguarda ser terminado por quien fuera su
creador pero éste decide tomarse un tiempo para dialogar con LA CIUDAD sobre su
día y los gajes del oficio.
Desde Buenos Aires
A Alberto
suelen preguntarle si se puede vivir de la artesanía, a lo que él responde con
total sinceridad: “Acá en Ramírez es muy difícil vivir de eso porque el ramirense
no está acostumbrado al tema de las artesanías”. La década que lleva residiendo
en la Capital Provincial de la Juventud le permitió hace dicho balance. Si bien
nació y se crió en Capital Federal, ya se siente un panza verde y no sólo
porque tome mate sino porque ha adoptado las costumbres de la región.
Con apenas
13 años, comenzó a trabajar cuando su papá se quedó sin laburo. Lo hizo, en
primer término, en una panadería. Luego, con el paso del tiempo, fue
incursionando en otros ámbitos desde vender perfumes en la calle hasta ser
empleado en una mueblería. La crisis socio-económica del 2001 lo marcó de lleno
y en junio del año siguiente emprendió rumbo hacia Entre Ríos. Tanto su madre
como su hermano, Adrián, ya estaban establecidos en esta nuestra ciudad. “Vine
con una mano atrás y otra adelante. La cuestión era trabajar y traer el mango a
la casa”, expresó.
Nunca se
imaginó que lo suyo estaría vinculado a la artesanía, ese oficio que tiene a
San José como máximo referente y por el cual se conmemora dicho día, el 19 de
marzo. “Yo no sabía que tenía esa habilidad”, destacó. La madera fue su fiel
compañera y con ella comenzó a fabricarles juguetes a sus hijos. Aún guarda
esas primeras producciones caseras, aunque se pregunta cómo pudo haber vendido
eso que era, en un principio, tan rústico y carente de estilo. Un taladro, una
lijadora, una sierra circular y una ingletadora verde fueron sus primeras
herramientas. Reemplazó el tablón con caballetes por una mesa de carpintero y
adquirió, paulatinamente, distintas máquinas para llevar a cabo su labor como
la sepilladora, tupí, torno, caladora, la sierra sin fin o la escuadradora. De
a poco, los vecinos fueron conociendo sus producciones artesanales y tomando
confianza con este hombre que provenía de Buenos Aires.
Todo a pulmón
| Alberto con una de sus producciones |
Las horas
que pasa en el taller son muchas y durante las mismas infinidades de objetos
salen a la luz, especialmente juguetes. “Me siento contento porque ese gurí o
gurisa va a jugar con ese juguete que yo hice y eso para mí tiene mucho valor. Esto
a mí me gusta y yo me siento bien haciéndolo. Pero, lamentablemente, acá en Ramírez no se le da mucho
valor. En otros pueblos sí”, comenta Schlotthauer, quien hace cada producto con
mucha pasión y lo piensa como si lo fueran a usar sus propios hijos sin ninguna
astilla ni con clavos salidos.
En el local
que tiene, ubicado en calle Fonseca, exhibe todas sus “obras de arte”. Hay para
todos los gustos y edades. Para los chicos, como regalo de navidad o para el
día del niño, están los grandes y pequeños tractores, todos diseñados por él y
pintados por su esposa, María Rosa. Los colores son idénticos a las marcas
Massey Ferguson, John Deere o New Holland y, aunque parezca increíble, los
gurises eligen por marca. En las estanterías, además, hay autos, camionetas,
aeroplanos. Para las nenas, amantes de las muñecas, el ramirense diseña los juegos
de living, las casitas, roperitos, mesitas de luz, entre otros accesorios.
Pero no todo
son juguetes. En el taller, Alberto se dedica a construir mesas de camping con
un sistema de encastre único, materos, metegol, sillitas pequeñas guardatodo, juegos
didácticos, tablas para picadas, casitas para pájaros, recuerdos de la ciudad,
entre otros. “Lo más grande me lleva menos tiempo que lo más chico”, explica el
artesano. Además, paralelamente, arregla muebles u otros objetos.
A sus 46 años, el oriundo de Capital Federal
trata de plasmar en sus obras su personalidad: ordenado, tranquilo, detallista.
Sus uñas están gastadas de tanto lijar y, de vez en cuando, un corte aparece en
la piel pero, como él lo afirma, son los gajes del oficio. Una de sus características
es la de reciclar todo lo que se pueda a la hora de producir. Innova en
productos que no se ven, generalmente, en los negocios. Suele trabajar con el
cipre, paraíso, eucalipto o pino. Así como los médicos tienen siempre un
estetoscopio a mano, los artesanos no se despegan de un formón, una gubia, un
martillo, una lija o un serrucho.
Actualmente,
y desde hace cuatro años, Alberto Schlotthauer es el presidente de la
Asociación Ramirense de Artesanos, que cuenta con gente que proviene de
diversos rubros. La propuesta surgió cuando Nanci Jacob estaba al frente de la
Dirección de Cultura, Educación y Turismo Regional de General Ramírez. “Lo que exijo
es que si alguien se anota como artesano que, realmente, haga su producto. Yo
no quiero que vos lo revendas. Es muy fácil ir y comprar el producto y después
armarlo”, argumentó. “Me gustaría que haya gente que se dedique al cuero, al
vidrio”, agregó.
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