miércoles, 2 de abril de 2014

Vivir para contarla

Este 2 de abril se cumplieron 32 años de la Guerra de Malvinas. Walter Gaioli es excombatiente y contó sobre su experiencia, los recuerdos y ese anhelo de haber ganado. 1982: un año para recordar. 

            A pocos metros de la casa de Walter Raúl Gaioli, se levantó un pequeño monumento junto a un mástil, rodeado por cadenas, en conmemoración de los caídos en la Guerra de Malvinas. Cada 2 de abril, la bandera argentina flamea en la esquina de la localidad de Seguí. Los vecinos se reúnen para recordar a aquellos héroes que dejaron su vida para defender al país.
            Con mucha predisposición, Walter recibió a LA CIUDAD para charlar sobre esos días, que le marcaron la vida radicalmente. En las paredes de su vivienda nada daba cuenta de su presencia en las islas. No tenía fotos ni medallas, ni nada por el estilo. Pero, en el primer segundo de relato, se pudo constatar que fue partícipe de uno de los acontecimientos bélicos más importantes de los últimos años. Su calidad de ex combatiente se veía reflejada en las anécdotas, los nombres y los datos proporcionados.

A prepararse
            En 1977, un año después de la instauración de la dictadura en la Argentina, el oriundo de Hernández ingresó al ejército en la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, donde realizó el examen de ingreso correspondiente. Luego de mucho esfuerzo y dedicación, se recibió y lo destinaron a Monte Caseros (Corrientes), en 1980. Con apenas 24 años, Walter era Cabo en el tercer año del regimiento 4 de infantería.
            A las 7 de la mañana, oficiales y suboficiales se encontraban en el comedor del regimiento convocados por su jefe, teniente coronel Diego Alejandro Soria, quien tenía una noticia para darles: se habían tomado las Islas Malvinas. La mayoría no se percataba de que ese día, 2 de abril de 1982, iba a quedar marcando para siempre, como lo es la yerra para el caballo. La propuesta era ir pero nunca les dijeron a dónde. Anteriormente, en noviembre del año anterior, llegaron unos helicópteros del ejército con el objetivo de capacitar a los suboficiales. Era un mal presagio.
            Ninguno de estos jóvenes conocía Malvinas personalmente. Solamente la habían sentido nombrar en alguna clase de geografía y hasta la reconocían en el mapa. Todos los soldados, lejos de sus familiares y con esa incertidumbre por lo desconocido, se fueron hasta Paraná en tren. Desde la capital entrerriana, tomaron un avión hasta Comodoro Rivadavia. “Nos dijeron que nosotros no íbamos a Malvinas”, recordó Walter ante la mentira.
            Luego de haber hecho 1700 km, arribaron a la provincia de Chubut. Allí, estuvieron una semana, donde los equiparon con ropa de abrigo. Pasados los siete días, los llevaron en un vuelo a Río Gallegos, que supuestamente se dirigía a Río Turbio (Santa Cruz). Cuando la compuerta se abrió, el primero que pisó tierra firme fue Walter Gaioli. Todo era sorpresa y los cambios de planes provocaron la bronca de los muchachos. Los aviones de combate invadían el cielo en Puerto Argentino. “Hace frío y estoy lejos de casa. Hace tiempo que estoy sentado sobre esta piedra. Yo me pregunto, ¿para qué sirven las guerras?”, cantarían unos años más tarde Los abuelos de la nada en alusión a estos héroes.

Por la patria
            Después de tanto movimiento, el regimiento 4 de infantería llegó a las Islas Malvinas, a tan sólo 2400 km de distancia con Monte Caseros. Allí estaban para defender al país de los ingleses. En total, estuvieron 55 días donde pasaron hambre, frío y, por sobre todo, soledad. Muchos de los soldados eran del norte argentino. Como primera medida, tuvieron que hacer 14 km caminando, con todo el equipamiento a cuesta, para dirigirse hasta el cerro Monte Harriet, donde estuvieron “alojados”.
            “La convivencia entre los suboficiales era buena y nosotros manteníamos la coordinación con los soldados. Yo no tenía manejo de tropas; tenía uno o dos soldados porque estaba en el tema de inteligencia, al principio, pero el trabajo mío era matar corderos para poder comer”, explicó Gaioli. En el tiempo que estuvieron allí, comieron polenta, fideo hervido o guiso pero la rutina los llevó al cansancio y eso los motivó a salir a cazar los corderos de los ingleses, que habían dejado en sus establecimientos. Almorzaban, generalmente, una sóla vez al día, cerca de las 4 de la tarde cuando los aviones ingleses bombardeaban la zona.
            Por su parte, el regimiento 4 de infantería estaba conformado por alrededor de 1700 soldados, divididos en grupos de 50. Había dos jefes: “uno disparó cuando vio la primera bala, mostró bandera blanca. Lo procesaron. El otro, al primer tiroteo, se escondió y tuvo tanta mala suerte que la bala rebotó en la pared y le pegó en la nalga. Lo condecoraron por herido en combate”, se explayó el oriundo de Hernández.
            La bipolaridad de gran parte de los oficiales era algo característico en ellos. En Corrientes eran una cosa y en Malvinas eran otra, donde en muchas ocasiones tuteaban a los combatientes. “Más de uno se cagó. Cuando volvieron al regimiento, volvieron a ser la porquería que eran antes. Mientras tanto vos le estabas cuidando la espalda”. Walter llegó al sur con 70kg, el corte de pelo al estilo militar y una buena aptitud física. En 1975 se había consagrado subcampeón entrerriano en 1500 mts. En esos dos meses, adelgazó 16 kilos, se dejó el bigote y los pelos le crecieron un poco más de lo normal.   
            Pese a que hay discursos que manifiestan lo contrario, la verdadera versión es aquella que cuentan los protagonistas de esta historia: todos los soldados sabían utilizar las armas por sus años en el ejército. La mayoría andaba con una 9mm y otros con un FAL, ametralladora o morteros (livianos o pesados). “Es mentira que se llevaron soldados de 16 años. Te incorporan después que cumplís los 18. En el regimiento 4, muchos llegaron sin armamento pero no sin conocimiento”, certificó el veterano de guerra.
            El clima en Malvinas era húmedo y era el terror de las noches: muchos tuvieron “pie de trinchera”, donde había que amputar uno o varios dedos. Constantemente lloviznaba y, en varias ocasiones, nevó. No tenían un cronograma con horarios hasta fines de mayo cuando los cambian de posición desde Monte Harriet hasta Monte Dos Hermanas.
            Sin lugar a dudas, la única hora que debían tener en cuenta era la de los bombardeos ingleses. A las 8 y durante todo el día, comenzaban a caer bombas sobre el territorio argentino. Durante la noche, la actividad bélica seguía con los barcos que tiraban de a ocho proyectiles. La patrulla británica también intentaba cruzar por el valle. Así estuvieron dos semanas. No hubo combate cuerpo a cuerpo como lo piensan los estudiantes, actualmente. Los jóvenes argentinos dormían poco (dos horas como mucho) con el miedo de que una bomba les cayera al lado.
            Las anécdotas de Gaioli salían a la luz mientras el grabador seguía recopilando información. La elevada tecnología de los hombres de Margaret Thatcher, ministra británica en aquel momento, privó a los nuestros de, por ejemplo, emplear radio o moverse constantemente porque sus radades captaban calor y movimiento. Un compañero de Walter recibió el ataque del enemigo al salir de su refugio. Estuvo 14 horas en el hospital de Puerto Argentino.
            En 55 días, Walter Gaioli visitó una sola vez Puerto Argentino, donde estaba el Gobernador Militar de las Islas, Benjamín Menéndez. Además, se bañó en dos ocasiones, escuchaba Radio Colonia y la información era que estaban ganando la guerra. Esperaban ansiosos alguna carta familiar. Nada recibieron, todo quedó parado en este peaje imaginario.
            El 12 de junio, a las cuatro de la madrugada, terminó la historia para estos muchachos. “Nos tomaron prisioneros porque no teníamos con qué tirar. No nos llegaban municiones. Estuvimos catorce días en combate permanente. El resto de los días estuvimos al pedo”.  Los combatientes volvieron al suelo argentino en el Canberra, embarcación inglesa. Les pasaron música, les dieron mate y cartas para jugar, los pisos estaban alfombrados, el trato era bueno. Pero eso no alcanzó; la decepción por la guerra perdida y la actitud de los superiores para con los soldados no tenía marcha atrás.

            Walter Gaioli y sus compañeros llegaron al Palomar, situado al lado del Colegio Militar de la Nación, en avión. Estaban sucios, barbudos y con mucha hambre. Un matrimonio de Puerto Madryn los encontró y les ofreció un teléfono. Llamaron a sus familiares y lo único que les dijeron fue: “Estamos vivos”. En el viaje de regreso a Monte Caseros, en tren, no podían levantar las ventanillas pero el cabo Gaioli, al escuchar la voz de su novia, desistió de tal orden y se tiró. Desde 1982 hasta la actualidad, el seguiense no ha vuelto a pisar las islas. “Si pudiera volver el tiempo atrás, volvería a combatir. Fui a defender lo que es nuestro”.

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