Este 2 de abril se cumplieron 32 años
de la Guerra de Malvinas. Walter Gaioli es excombatiente y contó sobre su experiencia, los recuerdos y ese anhelo de haber ganado. 1982: un año para recordar.
Con mucha predisposición, Walter
recibió a LA CIUDAD para charlar sobre esos días, que le marcaron la vida
radicalmente. En las paredes de su vivienda nada daba cuenta de su presencia en
las islas. No tenía fotos ni medallas, ni nada por el estilo. Pero, en el
primer segundo de relato, se pudo constatar que fue partícipe de uno de los
acontecimientos bélicos más importantes de los últimos años. Su calidad de ex
combatiente se veía reflejada en las anécdotas, los nombres y los datos
proporcionados.
A prepararse
En 1977, un año después de la instauración de la
dictadura en la Argentina, el oriundo de Hernández ingresó al ejército en la
Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, donde realizó el examen de ingreso
correspondiente. Luego de mucho esfuerzo y dedicación, se recibió y lo
destinaron a Monte Caseros (Corrientes), en 1980. Con apenas 24 años, Walter
era Cabo en el tercer año del regimiento 4 de infantería.
A las 7 de la mañana, oficiales y
suboficiales se encontraban en el comedor del regimiento convocados por su
jefe, teniente coronel Diego Alejandro Soria, quien tenía una noticia para
darles: se habían tomado las Islas Malvinas. La mayoría no se percataba de que
ese día, 2 de abril de 1982, iba a quedar marcando para siempre, como lo es la
yerra para el caballo. La propuesta era ir pero nunca les dijeron a dónde. Anteriormente,
en noviembre del año anterior, llegaron unos helicópteros del ejército con el objetivo
de capacitar a los suboficiales. Era un mal presagio.
Ninguno de estos jóvenes conocía
Malvinas personalmente. Solamente la habían sentido nombrar en alguna clase de
geografía y hasta la reconocían en el mapa. Todos los soldados, lejos de sus
familiares y con esa incertidumbre por lo desconocido, se fueron hasta Paraná
en tren. Desde la capital entrerriana, tomaron un avión hasta Comodoro
Rivadavia. “Nos dijeron que nosotros no
íbamos a Malvinas”, recordó Walter ante la mentira.
Luego de haber hecho 1700 km,
arribaron a la provincia de Chubut. Allí, estuvieron una semana, donde los
equiparon con ropa de abrigo. Pasados los siete días, los llevaron en un vuelo a
Río Gallegos, que supuestamente se dirigía a Río Turbio (Santa Cruz). Cuando la
compuerta se abrió, el primero que pisó tierra firme fue Walter Gaioli. Todo
era sorpresa y los cambios de planes provocaron la bronca de los muchachos. Los
aviones de combate invadían el cielo en Puerto Argentino. “Hace frío y estoy lejos de casa. Hace tiempo que estoy sentado sobre
esta piedra. Yo me pregunto, ¿para qué sirven las guerras?”, cantarían unos
años más tarde Los abuelos de la nada en alusión a estos héroes.
Después de tanto movimiento, el
regimiento 4 de infantería llegó a las Islas Malvinas, a tan sólo 2400 km de
distancia con Monte Caseros. Allí estaban para defender al país de los
ingleses. En total, estuvieron 55 días donde pasaron hambre, frío y, por sobre
todo, soledad. Muchos de los soldados eran del norte argentino. Como primera
medida, tuvieron que hacer 14 km caminando, con todo el equipamiento a cuesta,
para dirigirse hasta el cerro Monte Harriet, donde estuvieron “alojados”.
“La
convivencia entre los suboficiales era buena y nosotros manteníamos la
coordinación con los soldados. Yo no tenía manejo de tropas; tenía uno o dos
soldados porque estaba en el tema de inteligencia, al principio, pero el
trabajo mío era matar corderos para poder comer”, explicó Gaioli.
En el tiempo que estuvieron allí, comieron polenta, fideo hervido o guiso
pero la rutina los llevó al cansancio y eso los motivó a salir a cazar los
corderos de los ingleses, que habían dejado en sus establecimientos. Almorzaban, generalmente, una sóla vez
al día, cerca de las 4 de la tarde cuando los aviones ingleses bombardeaban la
zona.
Por su parte, el regimiento 4 de
infantería estaba conformado por alrededor de 1700 soldados, divididos en
grupos de 50. Había dos jefes: “uno
disparó cuando vio la primera bala, mostró bandera blanca. Lo procesaron. El
otro, al primer tiroteo, se escondió y tuvo tanta mala suerte que la bala
rebotó en la pared y le pegó en la nalga. Lo condecoraron por herido en
combate”, se explayó el oriundo de Hernández.
La bipolaridad de gran parte de los
oficiales era algo característico en ellos. En Corrientes eran una cosa y en
Malvinas eran otra, donde en muchas ocasiones tuteaban a los combatientes. “Más de uno se cagó. Cuando volvieron al
regimiento, volvieron a ser la porquería que eran antes. Mientras tanto vos le
estabas cuidando la espalda”. Walter llegó al sur con 70kg, el corte de
pelo al estilo militar y una buena aptitud física. En 1975 se había consagrado
subcampeón entrerriano en 1500 mts. En esos dos meses, adelgazó 16 kilos, se
dejó el bigote y los pelos le crecieron un poco más de lo normal.
Pese a que hay discursos que
manifiestan lo contrario, la verdadera versión es aquella que cuentan los
protagonistas de esta historia: todos los soldados sabían utilizar las armas
por sus años en el ejército. La mayoría andaba con una 9mm y otros con un FAL,
ametralladora o morteros (livianos o pesados). “Es mentira que se llevaron soldados de 16 años. Te incorporan después
que cumplís los 18. En el regimiento 4, muchos llegaron sin armamento pero no
sin conocimiento”, certificó el veterano de guerra.
El clima en Malvinas era húmedo y
era el terror de las noches: muchos tuvieron “pie de trinchera”, donde había
que amputar uno o varios dedos. Constantemente lloviznaba y, en varias
ocasiones, nevó. No tenían un cronograma con horarios hasta fines de mayo
cuando los cambian de posición desde Monte Harriet hasta Monte Dos Hermanas.
Sin lugar a dudas, la única hora que
debían tener en cuenta era la de los bombardeos ingleses. A las 8 y durante
todo el día, comenzaban a caer bombas sobre el territorio argentino. Durante la
noche, la actividad bélica seguía con los barcos que tiraban de a ocho
proyectiles. La patrulla británica también intentaba cruzar por el valle. Así
estuvieron dos semanas. No hubo combate cuerpo a cuerpo como lo piensan los estudiantes,
actualmente. Los jóvenes argentinos dormían poco (dos horas como mucho) con el
miedo de que una bomba les cayera al lado.
Las
anécdotas de Gaioli salían a la luz mientras el grabador seguía recopilando
información. La elevada tecnología de los hombres de Margaret Thatcher,
ministra británica en aquel momento, privó a los nuestros de, por ejemplo,
emplear radio o moverse constantemente porque sus radades captaban calor y
movimiento. Un compañero de Walter recibió el ataque del enemigo al salir de su
refugio. Estuvo 14 horas en el hospital de Puerto Argentino.
En 55 días, Walter Gaioli visitó una
sola vez Puerto Argentino, donde estaba el Gobernador Militar de las Islas,
Benjamín Menéndez. Además, se bañó en dos ocasiones, escuchaba Radio Colonia y la
información era que estaban ganando la guerra. Esperaban ansiosos alguna carta
familiar. Nada recibieron, todo quedó parado en este peaje imaginario.
El 12 de junio, a las cuatro de la
madrugada, terminó la historia para estos muchachos. “Nos tomaron prisioneros porque no teníamos con qué tirar. No nos
llegaban municiones. Estuvimos catorce días en combate permanente. El resto de
los días estuvimos al pedo”. Los
combatientes volvieron al suelo argentino en el Canberra, embarcación inglesa.
Les pasaron música, les dieron mate y cartas para jugar, los pisos estaban
alfombrados, el trato era bueno. Pero eso no alcanzó; la decepción por la
guerra perdida y la actitud de los superiores para con los soldados no tenía
marcha atrás.
Walter Gaioli y sus compañeros
llegaron al Palomar, situado al lado del Colegio Militar de la Nación, en
avión. Estaban sucios, barbudos y con mucha hambre. Un matrimonio de Puerto
Madryn los encontró y les ofreció un teléfono. Llamaron a sus familiares y lo
único que les dijeron fue: “Estamos
vivos”. En el viaje de regreso a Monte Caseros, en tren, no podían levantar
las ventanillas pero el cabo Gaioli, al escuchar la voz de su novia, desistió
de tal orden y se tiró. Desde 1982 hasta la actualidad, el seguiense no ha
vuelto a pisar las islas. “Si pudiera volver el tiempo atrás, volvería a
combatir. Fui a defender lo que es nuestro”.
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