lunes, 28 de octubre de 2013

Amor inconmensurable


En el mes de la madre, La Ciudad revive la emocionante historia de Stefy: un matrimonio cuyo sueño era adoptar y una nena con capacidades diferentes para ser dada en adopción se encuentran por la vida sin pensarlo pero como algo del destino. El sacrificio y el esfuerzo de María Fernanda, Matías y Elsa para darle a la pequeña una mejor calidad de vida son, actualmente, un ejemplo de vida.

María Fernanda, Stefy y Elsa unidas por el corazón
Con la tranquilidad y la armonía que implica vivir alejados del casco urbano, Stefy esboza una sonrisa en la cara y levanta las dos manos para lanzar un tacho lleno de tapitas para el Garrahan, que son recolectadas paulatinamente por su papá, Matías. A pocos metros del corralito, y ante la atenta mirada materna, se encuentra María Fernanda, quien observa desde el monitor de su computadora algunas fotos familiares de años atrás. Los cambios en la fisonomía de la chiquita se ven reflejados en cada imagen. En ese mismo momento, un aire de nostalgia y profundos recuerdos ingresa al lugar. Junto al joven matrimonio está presente, Elsa, quien a pesar de su edad no se cansa de jugar con la pequeña.
Los tres adultos la rodean, la miman, la llenan de elogios y piensan en el arduo recorrido que tuvieron que atravesar para poder concretar el sueño. La situación se torna similar todos los días. Pero eso que parece tan cotidiano, como sonreír o elevar los brazos hacia arriba, no lo era hace dos años. Ninguno de los tres aún puede decir si la adopción de Estefanía fue producto del destino, una mera casualidad o realmente un milagro. Lo que si saben, especialmente María Fernanda en su rol de madre del corazón, es que su llegada marcó un antes y un después en la familia.   

Yo no buscaba nada y te vi
Sentada en una habitación del Hospital Nuestra Señora del Luján, Elsa Pamberger aguardaba por la pronta recuperación de una pariente que estaba internada. Durante su estadía por el nosocomio de calle Colón, pudo visualizar a una beba que yacía en el interior de un moisés. La curiosidad la invadió de lleno y fue al cuarto lindero. La encontró con hipotonía muscular, retraso madurativo, fisura del corazón y un elevado grado de desnutrición. Además de todas estas patologías, mostraba otros síntomas que no eran comunes: no reía, no lloraba, no pedía leche, no gesticulaba y no movía ni las manos ni los pies.
Ante la ausencia constante de la madre biológica y como las enfermeras se encontraban realizando otros quehaceres en el lugar, la señora solicitó el permiso para poder bañar a la niña. Las altas temperaturas primaverales ameritaban dicho aseo. Ese humilde gesto de bañar a la pequeña Stefy fue clave para establecer la primera relación entre ambas. A partir de allí, Doña Elsa, con sus 60 años, comenzó a comprarle ropita y a pasarle la leche.
Por su parte, la asistente social del hospital le preguntó si no quería hacerse cargo del cuidado de la misma pero desistió de la propuesta porque estaba complicada con la internación de su familiar. Tras fallecer este último, la ramirense asumió el compromiso de ser madre acogedora hasta que la nena fuera adoptada por una familia. “En realidad, no sabía en lo que me estaba metiendo hasta que fui teniéndola en mi casa, viendo las cosas y corriendo en horas de la noche con una ambulancia al Hospital San Roque de Paraná”, comentó. Y prosiguió: “Su riesgo de vida fue muy grande, que en cualquier momento se te moría y hasta te decían ‘qué estás haciendo con esta criatura’ o para qué te metías en esto”.
Con el transcurrir de los días, la relación entre Elsa y Stefy fue consolidándose cada vez más y se fueron conociendo mutuamente. En ese año y medio que estuvieron juntas, aprendieron a sonreír todas las mañanas, con ejercicios que la abuela le hacía en el rostro, a jugar y a disfrutar de la vida. “La comunidad entera se preocupó por ella. Su historia en sí fue como que movilizó a mucha gente. Había momentos que no podía caminar por la calle porque me preguntaban por su estado”, agregó.

Un encuentro milagroso
Una historia de amor, una historia de vida
            El día que Doña Elsa fue a sacarle el carnet de discapacidad no fue simplemente un día más en el año. Fueron mucho más que 24 horas en el calendario porque el destino y la mano de Dios se juntaron para planificar el destino de Estefania Schanzenbach. Si bien el primer obstáculo se presentó con los testigos, para que avalen el domicilio de Stefy, todo lo demás se plasmó a la perfección.
            Ante la carencia de testigos, la secretaria de la comisaría asignó un agente para que corroboren la dirección de la niña de General Ramírez. Matías Schimpf, quien tenía entre sus planes adoptar un hijo, fue el elegido para la verificación. Elsa, dado su compromiso con el Estado por ser madre acogedora, no podía mostrar a la pequeña pero hizo un pacto con el personal policial para que no dijeran nada.   
            Con pasos taciturnos, ingresaron al cuarto donde dormía Stefy. Cuando la observaron, Matías preguntó si la podía alzar. En ese mismo instante, y para sorpresa de todos los presentes, una palabra salió por primera vez de su boca. Fueron cuatro letras las que le provocaron piel de gallina al agente y las que le hicieron derramar un par de lágrimas: PAPA. “Es mía, dije, y me fui corriendo a hablar con Fernanda. Encontré a la nena, yo la quiero y no me importa el juez”, soslayó el futuro padre adoptivo. Por su parte, el primer día que Fernanda entró en contacto con la nena, se durmió en sus brazos, actitud que nunca había asumido a menos que fuera Elsa quien la alzara.
 “Cuando vimos el historial médico y observamos que tenía la fisura del corazón, el problema pulmonar, el problema en el ojito, agua en el oído, el retraso madurativo, la hipotonía y el bajo peso, no sabíamos para donde correr. Pensábamos que esta nena tenía los minutos contados pero la mirábamos y decíamos salgamos para adelante”, continuo.

Perseverantes           
El pasado 20 de octubre, fecha en que se celebró el Día de la Madre, se cumplieron dos años del inicio de gestiones para realizar los trámites en el registro de adopción. Desde ese día, la aventura no dio nunca marcha atrás. Los esfuerzos para obtener la adopción de Stefy fueron infinitos pero no fueron en vano: kilómetros y kilómetros para encontrarse con asistentes sociales, psicólogos, jueces, abogados, médicos, entre otros profesionales. Interminables viajes a Paraná, Diamante, al Hospital Garrahan de Buenos Aires para atender a la pequeña. Además, tuvieron que lidiar, hasta el día de hoy, con la burocracia de las mutuales para conseguir los aparatos y algunos medicamentos que le brinden una mejor calidad de vida.
El día en el que se presentaron en el registro, solamente la nombraron a ella. No estaba entre sus planes elegir a otra persona. La querían a Stefy tal y como era, con su discapacidad, con su forma de ser. “Hicimos todos los pasos que hace cualquier pareja pero en un ritmo más acelerado porque la intención del Registro de Adopción era encontrar una familia lo más pronto posible para la nena debido al caso que presentaba. Hacía un año que estaba en lista de espera y ya había sido rechazada por otros matrimonios”, manifestó María Fernanda Weigandt.

Ilusiones renovadas
            Mientras los perros ladran en el patio y un mate amargo pasa de mano en mano, María Fernanda vuelve a observar detenidamente a su hija Estefania, o Stefy como suelen decirle. El amor entre madre e hija ha sido forjado con el mejor metal del mundo y prueba de ello es la inconmensurabilidad que se mantiene entre las dos. No hay límite para despertarse a cualquier hora de la noche para ver si está bien, no hay límite para ir corriendo hasta el Hospital para que sea atendida, no hay límite para cambiar las sábanas y la ropa cada vez que vomita, no hay límites para cambiar la sonda nasogástrica que llega hasta el estómago.    
“Lo que a ella la movilizó mucho fue el amor de ellos dos. Cuando tomó contacto con ellos y sintió que eran su familia, ahí empezó a evolucionar más rápido y a hacer cosas que nos sorprende día a día”, finalizó Elsa. A dos años de aquel episodio que dio origen a esta gran historia de amor, Stefy ya no es la de antes. Hoy, la pequeña mira televisión, escucha música, juega a la pelota, se da cuenta cuando hablan de ella. Sonríe, llora y come. Convence a sus familiares y conocidos con besos y abrazos, motivo que la llevó a ganar el premio a la ternura en su paso por el Jardín de Infantes de la Escuela 31. “Más allá de que es una nena especial, nunca la tratamos como una nena especial. Siempre fue  tratada como una persona normal”, culminó Matías.