domingo, 23 de marzo de 2014

Nunca más

A 38 años de la dictadura cívico militar en Argentina, Carlos Boerio revive aquel 24 de marzo de 1976. La represión, el Mundial del ’78, la censura, los desaparecidos, la guerra de Malvinas, su experiencia en Buenos Aires. 

Carlos Boerio, a 38 años de la dictadura cívico-militar
Sentado al lado de un gran ventanal en una estación de servicio y acompañado por dos cafés, Carlos Boerio se dispuso a charlar con La Ciudad, algo que, 38 años atrás, hubiera sido imposible hacer. Durante el tiempo que duró la entrevista, el comerciante ni siquiera atinó a tocarse los bolsillos del pantalón para saber si llevaba consigo el documento nacional de identidad. Ya no se preocupaba por eso como así también por esa incertidumbre de saber si algún Ford Falcon merodeaba por las calles donde él transitaba. De vez en cuando miraba hacia afuera pero, simplemente, para inspirarse o recordar ciertos momentos de su juventud.
            Con algunas canas que asoman sobre su cabellera, Carlos disfruta poder dialogar sin censura, represión o violencia y es que el 24 de marzo de 1976, con la llegada de la dictadura cívico-militar, lo marcó de lleno. El denominado “Proceso de Reorganización Nacional” lo palpó de cerca mientras vivía en Buenos Aires, donde tuvo que soportar la desaparición de conocidos, la prohibición de determinada música y lecturas, entre otras cuestiones. “Por suerte, la política resurgió mucho. Pero sigue habiendo pibes de 19, es más de 30 y pico, que no tienen ni la más puta idea y les molesta hablar de estos temas. No seas aburrido te dicen. Desgraciadamente, si no volves a hablar de esto podes llegar a caer en la misma situación”, sostiene en conmemoración al mes de la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Un día de miércoles
            En febrero del ’76, el joven Boerio comenzaba a desempeñarse como ayudante, luego de haber finalizado los estudios secundarios, en una empresa de mantenimiento de ascensores. Todos los días su papá lo despertaba para que fuera a trabajar. Cerca de las seis, desde Haedo, emprendía rumbo hacia la estación para tomar el tren, que tardaba unos 50 minutos en llegar a destino. Una vez abajo, caminaba unas cuadras para arribar a la empresa. Durante ese recorrido, la Plaza de Mayo de Buenos Aires pasó a formar parte de su cotidianeidad. 
Las madres de Plaza de Mayo
            El clima de tensión empezó a respirarse meses antes del golpe de Estado, aun estando en democracia el país. “Casildo Herrera, que era el secretario general de la CGT, ya unos días antes, se había ido a Uruguay sabiendo lo que se venía. Muy valiente fue el hombre”, recuerda Carlos con un tinte irónico. “Resulta que el gobierno de Isabel Perón fue quedando solo, abandonado por todo el arco político porque acá no fue solamente un golpe militar. Fue cívico-militar porque ahora muchos radicales, socialistas, comunistas y peronistas dicen los militares hijos de puta pero los civiles apoyaron eso. Si no hay apoyo civil, no hay golpe militar. Los militares tantearon y vieron que estaban de acuerdo. Entonces, hicieron el golpe”, continuo.
            Ese miércoles 24 de marzo todo fue diferente. El padre de Carlos, que era sastre, lo había despertado con la peor noticia: la junta militar deponía a María Estela Martínez de Perón del gobierno. “No era que yo era isabelista a ultranza. Yo defendía el sistema democrático”, expresó el comerciante de General Ramírez. Pese a la insistencia paternal para que se quede y que no vaya al trabajo, Carlos desistió y marchó. Se bajó unas estaciones antes porque todo estaba cortado por los militares.
            Cuando llegó a Plaza de Mayo, todavía con el cielo oscuro, la soledad desbordaba por todos lados. Los tanques de guerra y los nidos de ametralladoras inundaban aquel lugar. Con apenas 19 años, el ramirense quiso atravesar la plaza para ir a la empresa pero un soldado, con un fusil automático liviano en las manos, le dijo con un tono prepotente: “¿A dónde vas pendejo?”. Él le respondió: “A trabajar o ¿Vos me vas a pagar el día de laburo?”. Inmediatamente, sin dar lugar a un respiro, miembro de las Fuerzas Armadas le pegó con el FAL en el pecho. Boerio se dio la vuelta y se dirigió hacia la casa de unos amigos, donde vieron las noticias de todo lo que estaba pasando.
            “La idea del golpe no era terminar con el gobierno de Isabel sino instalar un sistema de desgaste y vaciamiento del país, eliminando a toda la oposición pero no la oposición política de saco y corbata. Eran los que se oponían ideológicamente. Pero, acá no caía solamente el que pensaba distinto. Capaz que vos ibas caminando y no tenías ni la más puta idea de política, te ponías nervioso, salías corriendo, con el Falcon al lado, y te hacían mierda. Es más, capaz que te simpatizaban los militares. Ellos tenían vía libre, hacían lo que querían. Mataban y torturaban en la calle”, explicó.
A partir de ese día, la rutina de los argentinos cambió radicalmente. Salir con el documento nacional de identidad era tan normal como cepillarse los dientes o darse una ducha. Siempre tenían que estar en los bolsillos de los pantalones, camisa o en alguna cartera. “Rulo” como le decían en Buenos Aires a Carlos Boerio, a partir de la llegada de la junta militar al gobierno en el ’76, comenzó a dejarse la barba como forma de resistencia. “Para ellos, el que tenía barba era guerrillero. Pero yo no era guerrillero”, expresó, dejando en claro que hasta perdió laburos por ello.
Los colectivos paraban ante los retenes policiales y los controles se tornaban tediosos para los pasajeros. Dos soldados por la puerta de adelante y otros dos por detrás ingresaban al vehículo con sus armas en brazos. Elegían a unos y dejaban a otros. A los que seleccionaban, por lo general era por la “cara”, los chequeaban abajo. Carlos, al tener vello facial, fue interrogado en varias ocasiones. Una vez abajo del colectivo, los hacían abrir de piernas pegándoles patadas con los borcegos en los tobillos. Les pedían los documentos y los verificaban. A todo esto, el transporte urbano ya no se encontraba en el lugar.
            A la noche, luego de haber trabajado por la mañana, cursaba los estudios superiores en ingeniería. Los días en que se quedaba en colectivo para retornar a su casa, lo hacía a pie. Pero, la represión, la violencia y la persecución, características típicas de una dictadura cívico-militar, acechaban las calles porteñas. Mientras caminaba, a paso lento pero firme, escuchaba por detrás el sonido del motor de un auto, que llevaba las luces apagadas. “Hoy decís te afanan. En ese momento, te subían al auto. Contaba para mantenerme tranquilo. Si salías corriendo te tiraban, seguro”, argumenta ante la aparición, casi silenciosa, de los Ford Falcon verdes.  “Te probaban los nervios y era una persecución tan estudiada que los tipos te ponían el auto para ver la reacción que tenías vos. Ni te hablaban porque sabías que adentro había cuatro monos apuntándote”.
“Antes del ’76, en las familias el papa trabajaba, la mamá ama de casa y los chicos en la escuela. Después del ’76, cuando se cierran las industrias, el papa a buscar una changa, la mamá a buscar algo y los nenes quedaban solos. Ahí comienza la destrucción de la familia, que es la base de la sociedad. Se cambian los roles en la familia”, continuo. Además, recordó aquellas noches donde cenaba con sus padres y el sonido que más se destacada, todos los días, eran los tiros provenientes de las calles.
            Antes del golpe, solía comprar diarios, revistas y libros. Pero tras el arribo de la Junta de Comandantes al poder, compuesta por el Teniente Gral., Jorge Rafael Videla, el Almirante, Eduardo Emilio Massera, y el Brigadier Gral. Orlando Agosti, se prohibió escuchar a determinados cantantes y leer a ciertos autores. Si bien no tenía nada de subversivo, el estudiante de ingeniería guardó todo en cuatro bolsas y lo enterró bajo tierra. Actualmente, conserva todo ese material. Entre los músicos que solía escuchar estaba Sui Generis, con Charly García y Nito Mestre, y otras de rock nacional.
“Martínez de Hoz fue el cerebro en la Argentina pero tampoco es el idealista del golpe. El golpe está hecho por los famosos monopolios y los capitales extranjeros. En ese momento, Argentina tenía una deuda externa de 8 mil millones de dólares, nada más. Con dos o tres años de gobierno democrático y con una buena política económica, Argentina no debía más nada y pasaba a ser un país independiente. (…) Nos hicieron mierda. Mucha gente quiere que vuelvan los militares pero no llegan a ver lo que pasó. La dimensión que tuvo ese golpe fue tremenda, de cómo nos arruinaron completamente”, soslayó el entrerriano.
En 1978, mientras Mario Alberto Kempes deleitaba a todos con sus goles en el Monumental, afuera se vivía un clima de miedo, de tensión y angustia. Dos versiones de país se vieron reflejadas durante el Mundial de Futbol. Una festejaba los partidos de la albiceleste y la otra lloraba los desaparecidos, los torturados como las abuelas de Plaza de Mayo. En ese contexto, desembarcaba la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos. Muchos autos pegaban la calcomanía: “Los argentinos somos derechos y humanos”, una gentileza del gobierno de turno.

            “No tenía ánimos de ver los partidos pero gritábamos los goles. No salíamos a festejar”, aclaró Carlos, quien veía los partidos con sus amigos por la televisión. Si bien su pasión por el futbol es inconmensurable, hasta el día de hoy, decidió no asistir a ningún encuentro disputado en la Argentina. Durante el primer partido, donde el conjunto dirigido por Cesar Menotti venció a Hungría por 2 a 1, el ramirense ingresaba a trabajar en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial.

jueves, 20 de marzo de 2014

Manos a la obra

En conmemoración al Día del Artesano, celebrado el 19 de marzo, Alberto Schlotthauer (46) comentó cómo es la vida rodeada de madera, cuñas y un poco de creatividad. Sus producciones, la llegada desde Buenos Aires, la asociación ramirense de artesanos y otros gajes del oficio.

En el taller, tallando un cartel solicitado
            En el taller de Alberto Schlotthauer, el olor a madera se respira constantemente y cada rincón está impregnado con su aroma. Salvo en algunas excepciones como la siesta, durante el transcurso de la jornada el silencio no tiene protagonismo porque se ve interrumpido por algún programa radial de LT14, el encendido de una sierra eléctrica o los golpes de un martillo. Esos son los sonidos más frecuentes de este pequeño laboratorio, que en vez de un científico tiene a un artesano como artífice.
Unos poster de Chevrolet en la pared, un poco de aserrín en el suelo y la mesa de carpintero en el medio decoran el lugar. En el fondo, sobre unas grandes repisas, guarda los tornillos, clavos y arandelas en pequeños frascos con el cartelito correspondiente. Las herramientas de trabajo están colgadas unas al lado de la otra y las máquinas se encuentran apagadas, a la espera de ser encendidas para comenzar a trabajar. Arriba del mostrador, el acoplado de un camión aguarda ser terminado por quien fuera su creador pero éste decide tomarse un tiempo para dialogar con LA CIUDAD sobre su día y los gajes del oficio.

Desde Buenos Aires

            A Alberto suelen preguntarle si se puede vivir de la artesanía, a lo que él responde con total sinceridad: “Acá en Ramírez es muy difícil vivir de eso porque el ramirense no está acostumbrado al tema de las artesanías”. La década que lleva residiendo en la Capital Provincial de la Juventud le permitió hace dicho balance. Si bien nació y se crió en Capital Federal, ya se siente un panza verde y no sólo porque tome mate sino porque ha adoptado las costumbres de la región.
            Con apenas 13 años, comenzó a trabajar cuando su papá se quedó sin laburo. Lo hizo, en primer término, en una panadería. Luego, con el paso del tiempo, fue incursionando en otros ámbitos desde vender perfumes en la calle hasta ser empleado en una mueblería. La crisis socio-económica del 2001 lo marcó de lleno y en junio del año siguiente emprendió rumbo hacia Entre Ríos. Tanto su madre como su hermano, Adrián, ya estaban establecidos en esta nuestra ciudad. “Vine con una mano atrás y otra adelante. La cuestión era trabajar y traer el mango a la casa”, expresó.
            Nunca se imaginó que lo suyo estaría vinculado a la artesanía, ese oficio que tiene a San José como máximo referente y por el cual se conmemora dicho día, el 19 de marzo. “Yo no sabía que tenía esa habilidad”, destacó. La madera fue su fiel compañera y con ella comenzó a fabricarles juguetes a sus hijos. Aún guarda esas primeras producciones caseras, aunque se pregunta cómo pudo haber vendido eso que era, en un principio, tan rústico y carente de estilo. Un taladro, una lijadora, una sierra circular y una ingletadora verde fueron sus primeras herramientas. Reemplazó el tablón con caballetes por una mesa de carpintero y adquirió, paulatinamente, distintas máquinas para llevar a cabo su labor como la sepilladora, tupí, torno, caladora, la sierra sin fin o la escuadradora. De a poco, los vecinos fueron conociendo sus producciones artesanales y tomando confianza con este hombre que provenía de Buenos Aires.    

Todo a pulmón

Alberto con una de sus producciones
            Las horas que pasa en el taller son muchas y durante las mismas infinidades de objetos salen a la luz, especialmente juguetes. “Me siento contento porque ese gurí o gurisa va a jugar con ese juguete que yo hice y eso para mí tiene mucho valor. Esto a mí me gusta y yo me siento bien haciéndolo. Pero, lamentablemente, acá en Ramírez no se le da mucho valor. En otros pueblos sí”, comenta Schlotthauer, quien hace cada producto con mucha pasión y lo piensa como si lo fueran a usar sus propios hijos sin ninguna astilla ni con clavos salidos.
            En el local que tiene, ubicado en calle Fonseca, exhibe todas sus “obras de arte”. Hay para todos los gustos y edades. Para los chicos, como regalo de navidad o para el día del niño, están los grandes y pequeños tractores, todos diseñados por él y pintados por su esposa, María Rosa. Los colores son idénticos a las marcas Massey Ferguson, John Deere o New Holland y, aunque parezca increíble, los gurises eligen por marca. En las estanterías, además, hay autos, camionetas, aeroplanos. Para las nenas, amantes de las muñecas, el ramirense diseña los juegos de living, las casitas, roperitos, mesitas de luz, entre otros accesorios. 
            Pero no todo son juguetes. En el taller, Alberto se dedica a construir mesas de camping con un sistema de encastre único, materos, metegol, sillitas pequeñas guardatodo, juegos didácticos, tablas para picadas, casitas para pájaros, recuerdos de la ciudad, entre otros. “Lo más grande me lleva menos tiempo que lo más chico”, explica el artesano. Además, paralelamente, arregla muebles u otros objetos.
            A sus 46 años, el oriundo de Capital Federal trata de plasmar en sus obras su personalidad: ordenado, tranquilo, detallista. Sus uñas están gastadas de tanto lijar y, de vez en cuando, un corte aparece en la piel pero, como él lo afirma, son los gajes del oficio. Una de sus características es la de reciclar todo lo que se pueda a la hora de producir. Innova en productos que no se ven, generalmente, en los negocios. Suele trabajar con el cipre, paraíso, eucalipto o pino. Así como los médicos tienen siempre un estetoscopio a mano, los artesanos no se despegan de un formón, una gubia, un martillo, una lija o un serrucho.

            Actualmente, y desde hace cuatro años, Alberto Schlotthauer es el presidente de la Asociación Ramirense de Artesanos, que cuenta con gente que proviene de diversos rubros. La propuesta surgió cuando Nanci Jacob estaba al frente de la Dirección de Cultura, Educación y Turismo Regional de General Ramírez. “Lo que exijo es que si alguien se anota como artesano que, realmente, haga su producto. Yo no quiero que vos lo revendas. Es muy fácil ir y comprar el producto y después armarlo”, argumentó. “Me gustaría que haya gente que se dedique al cuero, al vidrio”, agregó. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Crónica de un carnaval anunciado

Los jóvenes de General Ramírez festejaron con agua, espuma y bombuchas el carnaval. En 2011, con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, se incorporó nuevamente este feriado, que había sido eliminado por la dictadura militar.
            


Ya había pasado la hora del almuerzo. Durante la siesta, los adultos acostumbran a dormir, luego de una ardua jornada laboral. Pero, los jóvenes no pisan así. A ellos no les gusta acostarse y, por ende, deambulan por las calles, chatean por facebook o se ponen a jugar en la Play. Esa es la rutina de la mayoría de los adolescentes, que se vio interrumpida este lunes 3 y martes 4 de marzo. En los planes, figuraba otra cosa, mucho mejor que estar pedaleando o al frente de una pantalla. Tenían que prepararse para un enfrentamiento entre bandos opuestos.
            El bulevar San Martín, paulatinamente, se convirtió en el campo de batalla. Al principio, parecía que estaban a punto de rodar una película de western porque ningún personaje aparecía en escena y solo los fardos circulaban por la zona. Pero, cuando los segundos se transformaron en minutos, todo cambio. Los protagonistas de este cortometraje, que duró dos días, no eran ni espartanos ni elfos; tampoco llevaban armas de fuego. Simplemente, eran jóvenes que se congregaron a lo largo de las avenidas para festejar el carnaval, tan esperado por todos los ramirenses.
            En el futbol, jugar de local es un plus o, para algunos, una ventaja. En este caso, si un integrante del grupo tenía una casa ubicada sobre la calle principal era empezar con el pie derecho. En esas “trincheras hogareñas”, los gurises tramaban las hazañas que ejecutarían por la tarde: en las canillas, llenaban las bombuchas con agua; acarrearon baldes llenos hasta el borde, donde colocarían todo el arsenal. En más de una oportunidad, las “granadas de agua” se resbalaban de las manos y se reventaban en el suelo, lo que provocaba el fastidio de los integrantes del equipo.

Que comience el combate
            Cerca de las cuatro, con la temperatura que ascendía, comenzaron a salir las cuadrillas de las casas. El pelotón estaba integrado por siete u ocho chicos, quienes se aventuraban a vivir una experiencia única por dos motivos: mojar al contrincante y disfrutar del feriado. Algunos con remera y otros sin remera; unos de short y otros de jeans. En fin, si bien muchos tenían una indumentaria totalmente diferente, todos disponían de las herramientas para divertirse.
            “A mí no me vas a mojar”, dijo, con resistencia, un joven que paseaba por el bulevar. Pero, no sirvió de mucho y su remera, en un instante, pasó de un estado sólido (o seco) a un estado líquido. Nadie se salvó aquella tarde en General Ramírez. Desde las esquinas, los pibes se lanzaban bombuchas unos a otros. Grandes, chicas, medianas. Había de todas las formas. Las chicas contras los chicos y viceversa. Muchos emplearon la espuma y otros no quisieron ser menos y fueron por un balde de 20 litros para empapar a los demás. Sobre el suelo y en la calle misma, iban quedando los restos de las “granadas de agua”. Había de todos los colores: amarillo, rojo, verde, azul.
            No faltaron los astutos en este feriado puente de carnaval, quienes utilizaron vehículos para trasladarse y llevar a cabo la misión de acabar con el enemigo. Los vecinos, desde sus ventanas, miraban la contienda y, temerosos de caer en la trampa, se quedaron entre las cuatro paredes.  General Ramírez, la Capital Provincial de la Juventud, tuvo su fiesta de carnaval como hacía algunos años no se tenía. En el centro, durante toda la tarde, reinó la alegría, la diversión y las risas. Como reza aquella frase que cantan los alumnos de primaria cuando terminan la clase Educación Física: “Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”. Ese fue el slogan de estas 48 horas de carnaval.

El origen de la fiesta

            En 2011, la presidente Cristina Fernández de Kirchner incorporó a los feriados nacionales el lunes y martes de carnaval. Los mismos fueron creados por decreto en 1956 y derogados, en junio de 1976, por la última dictadura militar. “Esta reivindicación es un fenómeno cultural profundo, no sólo urbano, sino de fuertes connotaciones en la cultura de todo el país”, señaló la mandataria hace dos años atrás, tras la firma del decreto en el Salón de las Mujeres Argentinas en Casa de Gobierno.