| Carlos Boerio, a 38 años de la dictadura cívico-militar |
Sentado al lado de un gran ventanal
en una estación de servicio y acompañado por dos cafés, Carlos Boerio se
dispuso a charlar con La Ciudad, algo que, 38 años atrás, hubiera sido
imposible hacer. Durante el tiempo que duró la entrevista, el comerciante ni
siquiera atinó a tocarse los bolsillos del pantalón para saber si llevaba
consigo el documento nacional de identidad. Ya no se preocupaba por eso como así
también por esa incertidumbre de saber si algún Ford Falcon merodeaba por las
calles donde él transitaba. De vez en cuando miraba hacia afuera pero,
simplemente, para inspirarse o recordar ciertos momentos de su juventud.
Con algunas canas que asoman sobre
su cabellera, Carlos disfruta poder dialogar sin censura, represión o violencia
y es que el 24 de marzo de 1976, con la llegada de la dictadura cívico-militar,
lo marcó de lleno. El denominado “Proceso de Reorganización Nacional” lo palpó
de cerca mientras vivía en Buenos Aires, donde tuvo que soportar la
desaparición de conocidos, la prohibición de determinada música y lecturas,
entre otras cuestiones. “Por suerte, la política resurgió mucho. Pero sigue
habiendo pibes de 19, es más de 30 y pico, que no tienen ni la más puta idea y
les molesta hablar de estos temas. No seas aburrido te dicen. Desgraciadamente,
si no volves a hablar de esto podes llegar a caer en la misma situación”,
sostiene en conmemoración al mes de la Memoria, la Verdad y la Justicia.
Un día de miércoles
En
febrero del ’76, el joven Boerio comenzaba a desempeñarse como ayudante, luego
de haber finalizado los estudios secundarios, en una empresa de mantenimiento de
ascensores. Todos los días su papá lo despertaba para que fuera a trabajar.
Cerca de las seis, desde Haedo, emprendía rumbo hacia la estación para tomar el
tren, que tardaba unos 50 minutos en llegar a destino. Una vez abajo, caminaba
unas cuadras para arribar a la empresa. Durante ese recorrido, la Plaza de Mayo
de Buenos Aires pasó a formar parte de su cotidianeidad.
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| Las madres de Plaza de Mayo |
El clima de tensión empezó a
respirarse meses antes del golpe de Estado, aun estando en democracia el país.
“Casildo Herrera, que era el secretario general de la CGT, ya unos días antes,
se había ido a Uruguay sabiendo lo que se venía. Muy valiente fue el hombre”,
recuerda Carlos con un tinte irónico. “Resulta que el gobierno de Isabel Perón
fue quedando solo, abandonado por todo el arco político porque acá no fue
solamente un golpe militar. Fue cívico-militar porque ahora muchos radicales,
socialistas, comunistas y peronistas dicen los militares hijos de puta pero los
civiles apoyaron eso. Si no hay apoyo civil, no hay golpe militar. Los
militares tantearon y vieron que estaban de acuerdo. Entonces, hicieron el
golpe”, continuo.
Ese miércoles 24 de marzo todo fue
diferente. El padre de Carlos, que era sastre, lo había despertado con la peor
noticia: la junta militar deponía a María Estela Martínez de Perón del
gobierno. “No era que yo era isabelista a ultranza. Yo defendía el sistema
democrático”, expresó el comerciante de General Ramírez. Pese a la insistencia
paternal para que se quede y que no vaya al trabajo, Carlos desistió y marchó.
Se bajó unas estaciones antes porque todo estaba cortado por los militares.
Cuando llegó a Plaza de Mayo,
todavía con el cielo oscuro, la soledad desbordaba por todos lados. Los tanques
de guerra y los nidos de ametralladoras inundaban aquel lugar. Con apenas 19
años, el ramirense quiso atravesar la plaza para ir a la empresa pero un
soldado, con un fusil automático liviano en las manos, le dijo con un tono
prepotente: “¿A dónde vas pendejo?”. Él le respondió: “A trabajar o ¿Vos me vas
a pagar el día de laburo?”. Inmediatamente, sin dar lugar a un respiro, miembro
de las Fuerzas Armadas le pegó con el FAL en el pecho. Boerio se dio la vuelta
y se dirigió hacia la casa de unos amigos, donde vieron las noticias de todo lo
que estaba pasando.
“La idea del golpe no era terminar
con el gobierno de Isabel sino instalar un sistema de desgaste y vaciamiento
del país, eliminando a toda la oposición pero no la oposición política de saco
y corbata. Eran los que se oponían ideológicamente. Pero, acá no caía solamente
el que pensaba distinto. Capaz que vos ibas caminando y no tenías ni la más
puta idea de política, te ponías nervioso, salías corriendo, con el Falcon al
lado, y te hacían mierda. Es más, capaz que te simpatizaban los militares.
Ellos tenían vía libre, hacían lo que querían. Mataban y torturaban en la calle”,
explicó.
A partir de ese día, la rutina de los argentinos
cambió radicalmente. Salir con el documento nacional de identidad era tan
normal como cepillarse los dientes o darse una ducha. Siempre tenían que estar
en los bolsillos de los pantalones, camisa o en alguna cartera. “Rulo” como le
decían en Buenos Aires a Carlos Boerio, a partir de la llegada de la junta
militar al gobierno en el ’76, comenzó a dejarse la barba como forma de
resistencia. “Para ellos, el que tenía barba era guerrillero. Pero yo no era
guerrillero”, expresó, dejando en claro que hasta perdió laburos por ello.
Los colectivos paraban ante los retenes policiales y
los controles se tornaban tediosos para los pasajeros. Dos soldados por la
puerta de adelante y otros dos por detrás ingresaban al vehículo con sus armas
en brazos. Elegían a unos y dejaban a otros. A los que seleccionaban, por lo
general era por la “cara”, los chequeaban abajo. Carlos, al tener vello facial,
fue interrogado en varias ocasiones. Una vez abajo del colectivo, los hacían
abrir de piernas pegándoles patadas con los borcegos en los tobillos. Les pedían
los documentos y los verificaban. A todo esto, el transporte urbano ya no se
encontraba en el lugar.
A la noche, luego de haber trabajado
por la mañana, cursaba los estudios superiores en ingeniería. Los días en que
se quedaba en colectivo para retornar a su casa, lo hacía a pie. Pero, la
represión, la violencia y la persecución, características típicas de una
dictadura cívico-militar, acechaban las calles porteñas. Mientras caminaba, a
paso lento pero firme, escuchaba por detrás el sonido del motor de un auto, que
llevaba las luces apagadas. “Hoy decís te afanan. En ese momento, te subían al
auto. Contaba para mantenerme tranquilo. Si salías corriendo te tiraban,
seguro”, argumenta ante la aparición, casi silenciosa, de los Ford Falcon
verdes. “Te probaban los nervios y era
una persecución tan estudiada que los tipos te ponían el auto para ver la
reacción que tenías vos. Ni te hablaban porque sabías que adentro había cuatro
monos apuntándote”.
“Antes del ’76, en las familias el papa trabajaba,
la mamá ama de casa y los chicos en la escuela. Después del ’76, cuando se
cierran las industrias, el papa a buscar una changa, la mamá a buscar algo y
los nenes quedaban solos. Ahí comienza la destrucción de la familia, que es la
base de la sociedad. Se cambian los roles en la familia”, continuo. Además,
recordó aquellas noches donde cenaba con sus padres y el sonido que más se
destacada, todos los días, eran los tiros provenientes de las calles.
Antes del golpe, solía comprar
diarios, revistas y libros. Pero tras el arribo de la Junta de Comandantes al
poder, compuesta por el Teniente Gral., Jorge Rafael Videla, el Almirante,
Eduardo Emilio Massera, y el Brigadier Gral. Orlando Agosti, se prohibió
escuchar a determinados cantantes y leer a ciertos autores. Si bien no tenía
nada de subversivo, el estudiante de ingeniería guardó todo en cuatro bolsas y
lo enterró bajo tierra. Actualmente, conserva todo ese material. Entre los
músicos que solía escuchar estaba Sui Generis, con Charly García y Nito Mestre,
y otras de rock nacional.
“Martínez de Hoz fue el cerebro en la Argentina pero
tampoco es el idealista del golpe. El golpe está hecho por los famosos monopolios
y los capitales extranjeros. En ese momento, Argentina tenía una deuda externa
de 8 mil millones de dólares, nada más. Con dos o tres años de gobierno
democrático y con una buena política económica, Argentina no debía más nada y
pasaba a ser un país independiente. (…) Nos hicieron mierda. Mucha gente quiere
que vuelvan los militares pero no llegan a ver lo que pasó. La dimensión que
tuvo ese golpe fue tremenda, de cómo nos arruinaron completamente”, soslayó el
entrerriano.
En 1978, mientras Mario Alberto Kempes deleitaba a
todos con sus goles en el Monumental, afuera se vivía un clima de miedo, de
tensión y angustia. Dos versiones de país se vieron reflejadas durante el
Mundial de Futbol. Una festejaba los partidos de la albiceleste y la otra
lloraba los desaparecidos, los torturados como las abuelas de Plaza de Mayo. En
ese contexto, desembarcaba la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la
Organización de Estados Americanos. Muchos autos pegaban la calcomanía: “Los argentinos
somos derechos y humanos”, una gentileza del gobierno de turno.
“No tenía ánimos de ver los partidos
pero gritábamos los goles. No salíamos a festejar”, aclaró Carlos, quien veía
los partidos con sus amigos por la televisión. Si bien su pasión por el futbol
es inconmensurable, hasta el día de hoy, decidió no asistir a ningún encuentro
disputado en la Argentina. Durante el primer partido, donde el conjunto
dirigido por Cesar Menotti venció a Hungría por 2 a 1, el ramirense ingresaba a
trabajar en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial.

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