viernes, 19 de julio de 2013

Un viaje para el recuerdo

Ángel Meynet, fundador del Centro de Observaciones del Espacio de Santa Fe, estuvo en el despegue del Apolo XI el 20 de julio de 1969 en Cabo Kennedy, donde estuvo a pocos metros de Amstrong, Collins y Aldrin. El santafesino conoció al creador del “Día Internacional del Amigo” y a Wernher Von Braun. Un mano a mano imperdible.

El santafesino en su departamento 
            Con su cabellera blanca y las manos marcadas por la edad, Ángel Meynet se dispuso a contar una historia que conoce de memoria y que se ha hecho eco en las más de 1800 conferencias que ha dado en diferentes lugares. Sentado a la vera de la Avenida Alem, en su querida Santa Fe, el presidente y fundador del Centro de Observaciones del Espacio (CODE) de esa ciudad recibió a La Ciudad en su casa.
               La afición por la astronomía se veía plasmada en todos los rincones de su hogar: estanterías cargadas de libros sobre el espacio, las galaxias y el sistema solar; un telescopio blanco con el cual podía ver hasta los anillos de Saturno y arriba de la mesa uno de los objetos más preciado: un globo lunar que le fue obsequiado por el mismísimo Wernher Von Braun, quien diseño el cohete Saturno V que llevó al hombre a la luna.
Esta admiración hacia lo desconocido comenzó cuando Ángel estaba cursando el segundo grado de la primaria. El santafesino le pedía a la bibliotecaria de la institución material sobre astronomía pero lo único que había era de trigonometría, algebra y demás cuestiones. Pero, cierto día, entre tantas búsquedas encontró un libro escrito por Julio Verne en 1865 que se llamaba “De la tierra a la luna”. La encargada del lugar se lo prestó por diez días al joven, quien ni siquiera hacía los deberes para terminarlo de leer. Lo que había manifestado el reconocido escritor francés era un presagio de lo que iba a ocurrir el 20 de julio de 1969 en Cabo Kennedy (Estados Unidos).

Rumbo a EEUU
            En agosto de 1965, Ángel Meynet se encontraba trabajando en el correo como telegrafista. Cierta mañana, su jefe lo mandó a llamar porque el gobernador de Santa Fe, Aldo Tessio, quería hablar con él. El mandatario provincial lo convocó a su despacho para charlar sobre temas espaciales y le propuso viajar al “Centro Espacial John F. Kennedy” durante el período de su gestión. En aquel momento, la NASA estaba con el proyecto Géminis VI. 
            El oriundo de la ciudad capital llegó a Estados Unidos con mucho entusiasmo. En la costa de Florida estuvo una semana, donde adquirió muchos conocimientos. Durante su estadía, pudo conocer el VAB (en español significa Edificio de Ensamble de Vehículos). Cuando arribó al lugar y vio esa gigantesca infraestructura preguntó qué era y le respondieron: “El templo de Apolo”. Actualmente, es el edificio de un solo piso más grande del mundo. Sus dimensiones son 160 metros de alto, 218 de largo y 158 de ancho. Adentro del mismo, se construyeron las tres etapas del Apolo XI, el cual es sacado con una “oruga mecánica” que se mueve a razón de un kilómetro por hora.
            Por su parte, el área está rodeada de playas arenosas y ahí todo es en grandes proporciones. Con vista al Océano Atlántico, varios pueblitos oscilan por esa zona. Ni bien volvió de Norteamérica, Ángel investigó cuando podría ser el lanzamiento a la luna. A falta de cuatro años, ya había algunos indicios sobre tal hecho y hasta John Kennedy lo prometió diciendo que antes de finalizar la década del ’60 el hombre iba a pisar el satélite natural de la tierra.

Cerca de los grandes
Ángel Meynet al lado del auto de Dr. Von Braun
            La noche del 8 de julio de 1969, Ángel y Omar Meynet, Olimpio Chiarelli y Cornelio Ross emprendieron rumbo hacia el aeropuerto Internacional de Ezeiza en Buenos Aires. El avión se dirigió a Miami y desde allí tuvieron que hacer 350 km hasta Cabo Kennedy. Estando en la tierra del cine hollywoodense, la NBA y el beisbol, los argentinos alquilaron un Ford Galaxy para recorrer las rutas yanquis.
            En la oficina de protocolo, le entregaron a cada uno de los representantes del CODE unas credenciales de la NASA y del gobierno que debían exhibir en todo momento. Al igual que en un museo, la principal normativa era: “se mira pero no se toca”. Con dicha acreditación, los ingresantes podían tomar fotos, hacer entrevistas y dialogar con los técnicos y/o ingenieros del lugar. Los santafesinos, además, habían hablado antes de partir con los responsables de Canal 13 para poder hacer una cobertura periodística.
            Dos días antes del despegue del Apolo XI, en la mañana del 14 de julio, Ángel y sus compañeros asistieron a la primera conferencia del célebre Dr. Wernher Von Braun. El ingeniero aeroespacial, nacionalizado estadounidense en 1955, le concedió una entrevista especial al aficionado en astronomía, quien en ese entonces lucía una cabellera morocha. El jefe de diseño del Saturno V le pidió los datos personales prometiéndole que le iba a enviar un obsequio.
            Todos los días, los curiosos latinoamericanos visitaban el VAB para poder ver de cerca el “pájaro blanco”, como vulgarmente lo denominaban al Apolo XI. Pero no todo era color de rosas en este viaje: el hotel más cerca estaba a 100 km y sólo pensar en eso era motivo de preocupación. Por una de esas casualidades, se toparon con Carlos Díaz, un cubano que trabajaba en la NASA y que les ofreció su casa para quedarse a dormir. El hombre de los pagos de Fidel Castro les dio también una carta de presentación para que, el 16 de julio, puedan observar con sus propios ojos a los tres astronautas: Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins.
            A las 6:30, periodistas de todo el mundo aguardaban la salida de los tripulantes. Los argentinos, con sus cámaras de fotos y filmadoras, se ubicaron lo más cerca posible y al ratito aparecieron los valientes hombres. La única restricción era que no podían sacarle fotos con flash porque podían destellarlos. “Armstrong era un tipo de lo más cordial y Aldrin un tipazo”, definió Meynet al verlos con tan sólo 35 años. Ese miércoles, el calor hizo transpirar a más de un espectador. Fuera del Centro Espacial, había alrededor de 15km de casas rodantes, carpas y observadores, quienes se instalaron con varios días de antelación y no era en vano porque estaban a punto de ver uno de los acontecimientos que marcaría la historia de la humanidad.
            Al lanzamiento lo pudieron observar en tribunas y desde 5km de distancia. Todo estaba preparado y cerca de las 9, el cohete prendió sus motores y se despidió de la faz de la tierra. “El momento no se puede describir con palabras. Nunca olvidaré los rostros de los padres de los astronautas. Lo que yo vi acá es una cosa increíble”, expresó Ángel Meynet en uno de los momentos más tensos de la historia.

Mano a mano
"El Apolo en la Luna" firmado por Aldrin Buzz
            Una semana después de la hazaña en Cabo Kennedy, Ángel Meynet recibió el globo lunar que le había prometido Wernher Von Braun. Luego de unos años del despegue del Apolo XI, el aficionado por la astronomía fue a la conferencia, en la embajada de Estados Unidos, de Edwin Aldrin. El santafesino, que también es acordeonista y en varias ocasiones estuvo tocando en General Ramírez, se puso la credencial que le dieron en la NASA en el ’69. El hombre que pisó la luna lo vio y se asombró. Inmediatamente, el fundador del CODE le comentó que había estado en Florida. El tripulante le dio un fuerte abrazo y le firmó el libro “El Apolo en la luna”.
             Asimismo, el 20 de julio del 2000, Don Meynet es convocado para dar una charla en el Teatro Colón en Mar del Plata. Terminada la disertación, se le acerca un hombre de unos 60 años que estaba en los primeros asientos y le da un abrazo cordial. “Aunque yo tengo algo que ver con la luna, ahora me entero como fue todo este proceso”, manifestó el desconocido oyente. “¿Con quién tengo el gusto de hablar?”, le respondió. Era nada más y nada menos que el Dr. Enrique Febbaro, el creador del “Día Internacional del Amigo”.
            Tomando un café en la ciudad costera, el médico odontólogo de la Capital Federal le contó algunos detalles de ese día: “Yo pienso que tres personas que van a enviar a la luna, no es mandarlo acá a la otra cuadra, tienen que ser tres amigos”, argumentó. El Doctor había enviado mil cartas a cien paises presentándoles la propuesta de vincular el Día Internacional del Amigo con el primer alunizaje. Más allá de que gastó mucho dinero en franqueo, recibió respuesta de los mismos astronautas, Wernher Von Braun, el ruso Nikita Khrushchev, el presidente de EEUU y de otros paises de Europa y América Latina.

“Un amigo no da consejos, ayuda, acompaña”, define el oriundo de Lomas de Zamora a 43 años de tal invención. Y completa: “la amistad es casta: si se mezcla con sexo, ya es otra cosa. Y tanto con un hombre, como con una mujer, tiene que estar fundada en el respeto”, culminó el candidato al Premio Nobel de la Paz en dos oportunidades. 


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