Transcurría el mes de agosto durante el 2007. Habían pasado cinco meses desde que Arsenio Echevarría realizó su primera práctica en la Primera División del Club Nobleza de General Ramírez.
Con tan sólo 17 años entrenaba junto a compañeros más grandes dadas sus inigualables capacidades físicas. Los entrenamientos eran mucho más exigentes, pero eso pasó inadvertido por la cabeza de este joven, que lo único que deseaba era estar en la formación inicial.
Todas las noches iba en bicicleta hasta el polideportivo para demostrar que podía jugar al futbol. Algunas veces la descocía y por lo tanto, pensaba que era la figura. Otras veces se autocalificaba como la decepción y las consecuencias se veían a simple vista: la autoestima derrotada, en el suelo entrerriano.
Con el tiempo, el oriundo de la Capital Provincial de la Juventud, se iba fagocitando en el plantel hasta el punto que le pusieron un apodo: “flaco”. Muy pocas personas, excluyendo a los familiares, conocían su nombre. Era evidente la asignación de tal seudónimo. Su metro con ochenta y siete llamaba la atención.
Comenzó a jugar más seguido. El debut fue en Nogoyá enfrentando a la localidad vecina de Aranguren. El lugar pactado era en el Club Ferro. Los noventa minutos de juego cosecharon un total de cinco goles para los visitantes. Fue victoria ramirense. Lateral por la izquierda era el puesto designado. Ingresó en la segunda mitad. La emoción tomaba forma y se hacía tangible a los ojos de los mortales.
Sin que nadie se diera cuenta, la confianza tuvo un auge estrepitoso. La fluidez en la comunicación estaba asentada y acompañada de valores como el respeto, la pasión y el amor a la camiseta. El grupo irradiaba un sentimiento de pertenencia que era envidiable para otros planteles.
Paulatinamente llegó el gran día. Nobleza debía enfrentar al club 25 de mayo en Nogoyá en condición de visitante. Alberto Ortiz, el administrador táctico, llamó a Arsenio terminada la práctica para decirle que concurra para formar parte del team. Ni una sola duda andaba por su cabeza. Un gesto de oscilación de arriba abajo con la cabeza dio la aprobación para disputar el match.
El domingo a las dos de la tarde, en la esquina del club, estaban todos con sus bolsos. El colectivo de la Municipalidad local esperaba con el motor en marcha y la puerta abierta, lista para ascender. La ansiedad reinaba en cada uno de integrantes. Alegría, euforia, emoción y hasta preocupación, eran los sentimientos que contemplaban los players de Ramírez. Para la mayoría era un partido más, especialmente para los veteranos. Para otros fue un acontecimiento atípico e inexplicable.
El clima era la única duda hasta el momento: cielo gris con sabor a lluvia, era un mal presagio.
De manera silenciosa, arribaron a la cancha con el autobús, que parecía un caballo troyano. La hora establecida era a las 16.
El vestuario convocó a los deportistas. Las cuatro paredes del lugar eran el escenario para que se lleve a cabo la metamorfosis, para luego combatir con uno de los equipos más poderosos de la capital departamental.
Las esperanzas que tenía “el flaco” para jugar eran grandes y las causas que las justificaban eran incuestionables: constancia en las prácticas, buen rendimiento en los entrenamientos y una fervorosa amistad con todos los integrantes del plantel.
Lamentablemente todo esto no ayudo. Parecía que Arsenio había tenido un déjà vu porque se sintió defraudado desde sus entrañas sin que el DT haya dado la formación inicial. El sentimiento de pertenencia que había forjado en los entrenamientos, lo dejó de lado. Las palabras eran palpables: “hoy no te voy a poner, va a ingresar Martín. Si queres acompáñame en el banco de suplentes”. La vida futbolística de este precoz adolescente había perdido su razón de ser. La tristeza junto con la ira no sabían por donde salir, querían expresarse. Las cuerdas vocales pronunciaron en un tono suave: “Esta bien, no hay drama”. El ritmo cardíaco lo delataba, estaba mintiendo. Su único fin era jugar.
Caminó hasta el banquillo con la cara hacia abajo. Sus padres concurrieron para ver a su hijo, quien no sabía cómo decirles semejante noticia. La rabia y el nudo en la garganta no lo dejaron hablar. Ni una sola palabra podía disipar de su boca. Bastó con explicarles que iba a estar al lado de los auxiliares.
Un pitazo del árbitro marcó el nacimiento del partido. La baba se le caía de la boca al divisar la pelota cerca de sus pies. Quería tocarla un ratito, patear un tiro libre o darle un pase al delantero para que ejecute el gol. Mientras tanto, Alberto Ortiz a los gritos controlaba a sus once predilectos.
Los escoltas, que se encontraban en el sitio fuera del terreno de juego, le pedían la hora porque era el único que tenía reloj. Por suerte, tuvo algo con que entretenerse: el DT solicitó su ayuda, designándolo como su ayudante de campo. Las manos de este novato tenían el control absoluto del agua y del aerosol mágico que calma los dolores.
El hábito era siempre igual y consistía en salir corriendo del banco a ayudar a los players. Darles las palabras de aliento y ponerle agua junto con el aerosol psicológico. Todo pasaba por una cuestión de tiempos y de estrategia.
Arsenio Echevarría se convirtió en “el buen samaritano”, reclutando a las personas hasta el costado para que se puedan recuperar lo más rápido posible y de esta manera volver al campo de juego. La expresión más mencionada fue “trae agua”, mientras que “gracias” fue la menos pronunciada.
Un defensor tenía acalambrado el pie derecho y demandaba una audiencia con el ayudante de campo. El refrán se hizo realidad: en casa de herrero, cuchillo de palo. El problema tenía solución, pero quien la debía aplicar no la sabía. Por lo tanto, la hinchada desde un camión empezó a dictarle la receta curativa.
De regreso al banco de suplentes, un dolor fuerte en el pecho hizo disminuir su respiración, imposibilitándole toda clase de movimiento. Debía quedarse quieto. A falta de pocos minutos, los jugadores seguían fingiendo en el medio de la cancha y la presencia del “flaco” tardaba más de lo normal.
Finalmente, el encuentro terminó 1 a 1. Todos se saludaron, mientras que la anatomía de este neófito quedó estancada en el predio. El plantel retornó a su lugar de procedencia. El inexperto ayudante de campo aprovechó la ocasión y se fue con sus padres. La noticia no tardó en llegar. “Me duele el pecho”, fueron las escasas palabras que salieron de la boca del pibe.
Llegaron a la Capital Provincial de la Juventud y se dirigieron sin demoras a la Clínica. El problema salió a la luz en seguida, cuando la doctora de turno pidió una placa RX. Inmediatamente, diagnosticó un neumotórax. Su pulmón izquierdo no aguantó más, perdió alrededor del 25% de la capacidad respiratoria. Una mala pasada le había hecho el deporte más lindo del mundo a este humilde siervo.
Todo parecía una utopía, un sueño. Las ganas de acariciar el balón, de colocarse los botines para salir a la cancha y estar en Primera División fueron los motivos que se acumularon y estallaron.
El tiempo pasó. Arsenio Echevarría, ya recuperado, observa el futbol desde otro punto de vista con una mirada de comentarista. No estará más en el terreno de juego pero aprendió que siempre de las cosas malas hay que buscarle el lado positivo. ¿Qué hubiese pasado si Alberto Ortiz lo ponía en la formación inicial contra 25 de mayo? ¿Hubiese sido nuestra musa inspiradora?
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