En
el mes de la madre, La Ciudad revive la emocionante historia de Stefy: un
matrimonio cuyo sueño era adoptar y una nena con capacidades diferentes para
ser dada en adopción se encuentran por la vida sin pensarlo pero como algo del
destino. El sacrificio y el esfuerzo de María Fernanda, Matías y Elsa para
darle a la pequeña una mejor calidad de vida son, actualmente, un ejemplo de
vida.
| María Fernanda, Stefy y Elsa unidas por el corazón |
Con la
tranquilidad y la armonía que implica vivir alejados del casco urbano, Stefy
esboza una sonrisa en la cara y levanta las dos manos para lanzar un tacho lleno
de tapitas para el Garrahan, que son recolectadas paulatinamente por su papá,
Matías. A pocos metros del corralito, y ante la atenta mirada materna, se
encuentra María Fernanda, quien observa desde el monitor de su computadora algunas
fotos familiares de años atrás. Los cambios en la fisonomía de la chiquita se
ven reflejados en cada imagen. En ese mismo momento, un aire de nostalgia y
profundos recuerdos ingresa al lugar. Junto al joven matrimonio está presente,
Elsa, quien a pesar de su edad no se cansa de jugar con la pequeña.
Los tres adultos la rodean, la
miman, la llenan de elogios y piensan en el arduo recorrido que tuvieron que
atravesar para poder concretar el sueño. La situación se torna similar todos
los días. Pero eso que parece tan cotidiano, como sonreír o elevar los brazos
hacia arriba, no lo era hace dos años. Ninguno de los tres aún puede decir si la
adopción de Estefanía fue producto del destino, una mera casualidad o realmente
un milagro. Lo que si saben, especialmente María Fernanda en su rol de madre
del corazón, es que su llegada marcó un antes y un después en la familia.
Yo
no buscaba nada y te vi
Sentada en una habitación del
Hospital Nuestra Señora del Luján, Elsa Pamberger aguardaba por la pronta
recuperación de una pariente que estaba internada. Durante su estadía por el
nosocomio de calle Colón, pudo visualizar a una beba que yacía en el interior
de un moisés. La curiosidad la invadió de lleno y fue al cuarto lindero. La
encontró con hipotonía muscular, retraso madurativo, fisura del corazón y un
elevado grado de desnutrición. Además de todas estas patologías, mostraba otros
síntomas que no eran comunes: no reía, no lloraba, no pedía leche, no
gesticulaba y no movía ni las manos ni los pies.
Ante la ausencia constante de
la madre biológica y como las enfermeras se encontraban realizando otros
quehaceres en el lugar, la señora solicitó el permiso para poder bañar a la
niña. Las altas temperaturas primaverales ameritaban dicho aseo. Ese humilde
gesto de bañar a la pequeña Stefy fue clave para establecer la primera relación
entre ambas. A partir de allí, Doña Elsa, con sus 60 años, comenzó a comprarle
ropita y a pasarle la leche.
Por su parte, la asistente
social del hospital le preguntó si no quería hacerse cargo del cuidado de la
misma pero desistió de la propuesta porque estaba complicada con la internación
de su familiar. Tras fallecer este último, la ramirense asumió el compromiso de
ser madre acogedora hasta que la nena fuera adoptada por una familia. “En
realidad, no sabía en lo que me estaba metiendo hasta que fui teniéndola en mi
casa, viendo las cosas y corriendo en horas de la noche con una ambulancia al
Hospital San Roque de Paraná”, comentó. Y prosiguió: “Su riesgo de vida fue muy
grande, que en cualquier momento se te moría y hasta te decían ‘qué estás
haciendo con esta criatura’ o para qué te metías en esto”.
Con el transcurrir de los días,
la relación entre Elsa y Stefy fue consolidándose cada vez más y se fueron
conociendo mutuamente. En ese año y medio que estuvieron juntas, aprendieron a
sonreír todas las mañanas, con ejercicios que la abuela le hacía en el rostro, a
jugar y a disfrutar de la vida. “La comunidad entera se preocupó por ella. Su
historia en sí fue como que movilizó a mucha gente. Había momentos que no podía
caminar por la calle porque me preguntaban por su estado”, agregó.
Un
encuentro milagroso
| Una historia de amor, una historia de vida |
El día que Doña Elsa fue a
sacarle el carnet de discapacidad no fue simplemente un día más en el año. Fueron
mucho más que 24 horas en el calendario porque el destino y la mano de Dios se
juntaron para planificar el destino de Estefania Schanzenbach. Si bien el
primer obstáculo se presentó con los testigos, para que avalen el domicilio de
Stefy, todo lo demás se plasmó a la perfección.
Ante la
carencia de testigos, la secretaria de la comisaría asignó un agente para que
corroboren la dirección de la niña de General Ramírez. Matías Schimpf, quien
tenía entre sus planes adoptar un hijo, fue el elegido para la verificación.
Elsa, dado su compromiso con el Estado por ser madre acogedora, no podía
mostrar a la pequeña pero hizo un pacto con el personal policial para que no
dijeran nada.
Con
pasos taciturnos, ingresaron al cuarto donde dormía Stefy. Cuando la
observaron, Matías preguntó si la podía alzar. En ese mismo instante, y para
sorpresa de todos los presentes, una palabra salió por primera vez de su boca.
Fueron cuatro letras las que le provocaron piel de gallina al agente y las que
le hicieron derramar un par de lágrimas: PAPA. “Es mía, dije, y me fui
corriendo a hablar con Fernanda. Encontré a la nena, yo la quiero y no me
importa el juez”, soslayó el futuro padre adoptivo. Por su parte, el primer día
que Fernanda entró en contacto con la nena, se durmió en sus brazos, actitud
que nunca había asumido a menos que fuera Elsa quien la alzara.
“Cuando vimos el historial médico y observamos
que tenía la fisura del corazón, el problema pulmonar, el problema en el ojito,
agua en el oído, el retraso madurativo, la hipotonía y el bajo peso, no
sabíamos para donde correr. Pensábamos que esta nena tenía los minutos contados
pero la mirábamos y decíamos salgamos para adelante”, continuo.
Perseverantes
El pasado 20 de octubre, fecha en
que se celebró el Día de la Madre, se cumplieron dos años del inicio de
gestiones para realizar los trámites en el registro de adopción. Desde ese día,
la aventura no dio nunca marcha atrás. Los esfuerzos para obtener la adopción
de Stefy fueron infinitos pero no fueron en vano: kilómetros y kilómetros para
encontrarse con asistentes sociales, psicólogos, jueces, abogados, médicos,
entre otros profesionales. Interminables viajes a Paraná, Diamante, al Hospital
Garrahan de Buenos Aires para atender a la pequeña. Además, tuvieron que
lidiar, hasta el día de hoy, con la burocracia de las mutuales para conseguir
los aparatos y algunos medicamentos que le brinden una mejor calidad de vida.
El día en el que se presentaron
en el registro, solamente la nombraron a ella. No estaba entre sus planes
elegir a otra persona. La querían a Stefy tal y como era, con su discapacidad,
con su forma de ser. “Hicimos todos los pasos que hace cualquier pareja pero en
un ritmo más acelerado porque la intención del Registro de Adopción era
encontrar una familia lo más pronto posible para la nena debido al caso que
presentaba. Hacía un año que estaba en lista de espera y ya había sido
rechazada por otros matrimonios”, manifestó María Fernanda Weigandt.
Ilusiones
renovadas
Mientras
los perros ladran en el patio y un mate amargo pasa de mano en mano, María
Fernanda vuelve a observar detenidamente a su hija Estefania, o Stefy como suelen
decirle. El amor entre madre e hija ha sido forjado con el mejor metal del
mundo y prueba de ello es la inconmensurabilidad que se mantiene entre las dos.
No hay límite para despertarse a cualquier hora de la noche para ver si está
bien, no hay límite para ir corriendo hasta el Hospital para que sea atendida,
no hay límite para cambiar las sábanas y la ropa cada vez que vomita, no hay
límites para cambiar la sonda nasogástrica que llega hasta el estómago.
“Lo que a ella la movilizó
mucho fue el amor de ellos dos. Cuando tomó contacto con ellos y sintió que
eran su familia, ahí empezó a evolucionar más rápido y a hacer cosas que nos
sorprende día a día”, finalizó Elsa. A dos años de aquel episodio que dio
origen a esta gran historia de amor, Stefy ya no es la de antes. Hoy, la
pequeña mira televisión, escucha música, juega a la pelota, se da cuenta cuando
hablan de ella. Sonríe, llora y come. Convence a sus familiares y conocidos con
besos y abrazos, motivo que la llevó a ganar el premio a la ternura en su paso
por el Jardín de Infantes de la Escuela 31. “Más allá de que es una nena
especial, nunca la tratamos como una nena especial. Siempre fue tratada como una persona normal”, culminó
Matías.
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